martes, 11 de junio de 2013

Una cuestión de tiempo

A lo largo de estas dos semanas he mantenido con varios amigos un cruce de mensajes electrónicos y algún que otro encuentro cervecero en los que hemos intercambiado opiniones sobre un tema algo complicado: la paradoja temporal en Looper. Uno de ellos defiende la posibilidad de un tiempo independiente, ajeno a nuestra percepción lógica, basándose para ello en la física cuántica; el otro apuesta por la paradoja como herramienta y fin de la propia narración, como parte del discurso; yo, el más clásico de todos, sigo anclado en la vieja dualidad de causa y efecto, es decir, en el tiempo lineal de toda la vida.


Desde esta última perspectiva, la película no se sostiene. Los cambios temporales que se dan en ella parecen sufrir una dilación bien argumentada, pero sólo en las acciones y los pensamientos de los protagonistas. En el plano físico, sin embargo, las heridas que se infligen los sujetos del pasado tienen un efecto inmediato en su yo futuro. Eso, opino, es pura trampa. El guiónista considera ese elemento de demora sólo cuando le conviene; cuando le supone un problema contra el efectismo que otorga la inmediatez, fundamental en las dos mejores escenas de la película, lo hace desaparecer.
El resto de películas suele ofrecer una posible salida al espectador entendido. La realidad paralela es una treta que convalida un gran número de posibles paradojas, sirve tanto para un roto como para un descosido. Si la línea temporal queda coja, decimos que el elemento de cambio procede de otra realidad o dimensión y listo. En este caso, sin embargo, la sucesión de hechos que se dan en el filme niegan esa posible solución. Como ocurría con la mano de Marty en Regreso al futuro, lo que acontece en el presente que vemos en Looper afecta a la versión futura del protagonista, y eso es garantía de que estamos ante el mismo individuo.
Al charlar de estas cosas he recordado que hace unos meses escribí un artículo sobre el tema para la gente de Frikimalismo, una web realmente divertida. Si les place, pueden leerlo a continuación.



Imagínate que te encuentras con Hiro Nakamura o con el mismísimo Jacob. O que el duodécimo doctor aparca la TARDIS enfrente de tu casa y te propone hacer un viaje en el tiempo, ¿a qué época te gustaría ir? ¿Al futuro o al pasado? ¿Reciente o lejano? De todas las imposibilidades con las que nos gusta fantasear, quizás sea esta la más repetida. El mundo de la ficción, mezcla de imaginación y deseo, no se ha mantenido ajeno a este anhelo universal. La historia de la narrativa está trufada de relatos en los que sus protagonistas realizan un viaje temporal a otra época, algunas veces remota, otras dentro de la propia vida del personaje.
A pesar de tener todo el tiempo cósmico a su elección, no son pocos los que preferirían circunscribirse a algún momento de su propio futuro o de su pasado, especialmente a los años de instituto. Poder revivir como adulto aquellas clases y convertirte, merced a tus conocimientos actuales, en el rey del curso es una fantasía que todos hemos compartido. Creo que el autor que mejor ha tratado este tema ha sido Jiro Taniguchi en su imprescindible novela gráfica Barrio lejano, muy superior a la adaptación cinematográfica europea realizada posteriormente por Sam Garbarski, pero si nos ceñimos al cine, quizá el ejemplo más reseñable sea Peggy Sue se casó, película en la que una todavía apetitosa Kathleen Turner retrocedía hasta su época de estudiante y vivía una segunda oportunidad.


Más allá de lo individual, el tema de “la vuelta al cole” casi ha llegado a convertirse en un subgénero, alimentado por excusas fantásticas como el intercambio de mentes entre familiares o incluso la suplantación. En otra vertiente del "High School travel", a todos se nos viene un título a la cabeza: Regreso al futuro. La trilogía que recoge la odisea por el tiempo de Marty y Doc en su intento de arreglar las cuitas familiares de los McFly se ha convertido por justicia propia en un icono del género fantástico. Es tan popular que resulta ocioso hablar de ella, aunque la pondré de ejemplo más adelante para explicar algo de sustancial importancia.
Saliendo del entorno personal, la aventura con viajes temporales canónica se muestra mucho más ambiciosa al incluir itinerarios de larga distancia. La máquina del tiempo, novela con la que Wells asentó las bases del subgénero, cuenta con dos versiones cinematográficas bastante aceptables, El tiempo en sus manos (1960) y La máquina del tiempo (2002). Aunque el film dirigido por George Pal goza de mayor consideración, la modernización realizada por Simon Wells, bisnieto del mismísimo H. G. Wells, se adapta mejor al gusto del espectador actual, tiene (lógicamente) mejores efectos especiales y cuenta con una banda sonora, responsabilidad de Klaus Badelt, extraordinaria. En esta modalidad de viajes largos es imposible obviar esos dos repasos a la Historia que son Los héroes del tiempo y la muy friki Las alucinantes aventuras de Bill y Ted, con un Keanu desatado y mucho más molón de lo que llegaría a ser en el futuro.
Hay multitud de películas que incluyen grandes saltos temporales, y no en todas tienen estos un origen científico. Desde la astrofísica delirante en Star Trek, una franquicia que suele abusar del cronoviaje, al porrazo en la cabeza de Un yanqui en la corte del rey Arturo, cualquier evento vale para viajar por el tiempo. Dentro del subgénero hay, además, sitio para todo. Para películas románticas como En algún lugar del tiempo o Kate y Leopold; cómicas como Jacuzzi al pasado o El caballero negro; tangenciales, sin desplazamiento temporal de los protagonistas, como La casa del lago o Frequency; de viaje involuntario, como Más allá del tiempo; complejas, como El efecto mariposa; apocalípticas, como 12 monos; de acción, como Timecop y Freejack y hasta españolas como Los cronocrímenes. E incluso para alguna obra maestra como Atrapado en el tiempo.
En la mayoría de estas películas existe una preocupación expresa por evitar un evento que es, en realidad, la estrella del subgénero: me refiero a la paradoja temporal. Curiosamente, casi todas ellas salvan los muebles de forma involuntaria, al sumirse sin pretenderlo en una complicada teoría científica. Te lo habrán explicado muchas veces con el ejemplo del abuelo, así que yo voy a hacerlo tirando de una de las peores películas de la historia, El sonido del trueno. Si pisas una mariposa en la prehistoria y eso crea un futuro caótico, no existirá jamás la maquina del tiempo con la que puedas viajar a la prehistoria a pisar una mariposa. Eso es la paradoja, una incoherencia en la línea temporal. En muchas de estas películas, eludirla se convierte en un punto crucial de la trama. Lo cierto es que la inmensa mayoría de ellas fracasan incluso cuando creen haberla evitado. Siempre que el cambio en el pasado afecta al futuro de quien lo causa, se produce la paradoja, ya que impide el punto de partida.


Si el T-1000, en su viaje al pasado, logra eliminar a John Connor, John Connor estará muerto en los tiempos de Skynet, no dirigirá la rebelión y por lo tanto las máquinas no tendrán la necesidad de enviar a un T-1000 al pasado para matar a quien ni siquiera existe, lo cual provocará que no sea asesinado y que en el futuro se convierta en el líder que hará retroceder a las máquinas, obligando a Skynet a repetir un bucle que se disparará hasta el infinito. El problema que supone la paradoja temporal en las películas de viajes en el tiempo se presenta como un escollo infranqueable en lo que respecta al cuidado de la coherencia argumental. Si aceptamos sólo una línea temporal, lo que se nos muestra en pantalla es, casi siempre, pura incongruencia.
Para no sentirse estafado, el espectador ha de apoyarse en la “Teoría de los Mundos Múltiples” propuesta por Hugh Everett en el campo de la física cuántica. Lo que el viajero del tiempo hace al cambiar el pasado es crear una nueva línea de realidad, semejante en todo a la anterior (todavía vigente) menos en aquello a lo que los cambios han afectado. Doc Brown se lo explica muy bien a Marty utilizando una tiza y una pizarra. En el 99,9 por ciento de las películas, el protagonista, aunque lo piense, no logra arreglar el problema por el cual ha sido enviado al pasado, se limita a crear con sus cambios una nueva línea temporal, una suerte de what if de la propia en el que el problema está solucionado. El resultado arroja dos realidades en curso, pero en aquella de la que el viajero proviene nada habrá cambiado.
La ciencia ficción literaria ha tratado esta cuestión muchas veces y de forma más seria que la cinematográfica. El escritor Gregory Benford lo explica a la perfección en Cronopaisaje, una novela imprescindible para todo aquel a quien le interese el asunto. Cuando se toquetea el pasado, el cambio abre universos nuevos, pero no cambia el propio. A veces, el embrollo es tan grande que llegan a originarse, no una, sino varias líneas temporales, como en Regreso al futuro. Un vistazo al timeline de la trilogía se convierte en un dolor de cabeza seguro. Lo cierto es que por muchas realidades que visite Marty, en la original, aquella a la que nunca volvió, el abusón de Biff Tannen sigue dándole capones al pringado de George McFly.
Basado en el punto de divergencia entre realidades alternativas existe todo un subgénero: la ucronía. En ella, la acción transcurre en mundos que se diferencian del nuestro por haber seguido una línea temporal distinta, la cual ha revertido en una progresión histórica contrafactual, diferente. El momento en el que ambas realidades se separan, marcado siempre por el hecho diferencial, es denominado Punto Jonbar (españolizado a Jumbar), y puede dar lugar a realidades muy parecidas o muy distintas. Mientras que la literatura de ciencia ficción ha ofrecido bastantes novelas ucrónicas, el subgénero no ha sido reflejado con la misma profusión en el cine.
Quizás la película de este subgénero más significativa sea Patria, cuya acción transcurre en una Europa en la que los nazis han ganado la Segunda Guerra Mundial, pero la casi totalidad de películas desarrolladas en una realidad alternativa son identificadas más con otros subgéneros, como el steampunk (Wild Wild West) o el de superhéroes (Watchmen), que con el de la ucronía en el que estos están incluidos. Sí existen, sin embargo, documentales de ficción en los que se ha jugado con el concepto, generalmente en plan de coña, eso que los norteamericanos llaman mockumentarys. En C.S.A.: Los Estados Confederados de América el Sur venció en la Guerra de Secesión, y en ¡Viva la República! la Guerra Civil española fue perdida por los insurgentes.


Pero historias contrafactuales al margen, la conclusión de todo este asunto es que el viaje temporal no es válido como solución a los problemas del presente, por mucho que películas como las recientes Men in Black III o Looper (potente a pesar de su incoherencia) así lo propongan. Si te pone crear universos paralelos, darte un rulo al pasado está bastante bien, pero no vas a lograr arreglar nada. Sí podrás quedarte en esa realidad ucrónica que has creado, aunque para ello, antes de usurpar su identidad, deberás eliminar a tu versión alternativa, es decir, asesinarte a ti mismo.



La versión original de este artículo fue publicada en la web Frikimalismo.

lunes, 10 de junio de 2013

Criminal Blurbs



"Las dos tramas paralelas atrapan al lector desde la primera frase. Estuve inmerso en la novela hasta la nota final del autor, haciendo realidad ese mundo, no tan ficticio, al que estaba enganchado. Felicidades, Bruno, eres un genio."

-David Bisbal

lunes, 27 de mayo de 2013

Lo que perdimos

Todos los días aparece ante mí, su silueta inconfundible apuntando al cielo, e inmediatamente pienso en mi sobrino. Voy conduciendo por la M-30, de vuelta a casa, y ahí está, el Pirulí, con su forma alargada y esa extraña cabeza llena de antenas parabólicas.
Un cohete, no hay duda.
En mi cerebro la cosa no va más allá, pura anécdota y una sonrisa. En el de mi sobrino sería diferente. Es un niño, su imaginación no se detendría en el descubrimiento de una semejanza, sino que se desbocaría con las posibilidades servidas por esa imagen. Se vería en su interior, despegando, viajando por el espacio, sorteando accidentes cósmicos, tomando tierra en exóticos planetas y topándose con extraños alienígenas. Para él, el simple parecido del edificio Torrespaña con un vehículo espacial sería el disparador de toda una aventura. Me da envidia, porque hace muchos años que soy incapaz de hacer eso. Como cualquier otro adulto, he sido domesticado por la realidad.
Recuerdo días lejanos, cuando la ciencia ficción era para mí una puerta a otro universo. No sólo me fascinaba su lectura; su atmósfera impregnaba mis días y mis noches. Me ofrecía herramientas para acometer de una forma distinta esa realidad que intentaba abducirme, sacarme de la infancia. La cf era, en cierto modo, mi grito de guerra contra el fin de todos los misterios. El tiempo, poco a poco, iba arrinconando en los libros el futuro que mi esperanza había dado por cierto, y yo me rebelaba ejercitando la imaginación. Cuando la realidad se entrometía, yo empleaba el filtro. Aplicaba una mirada distinta, solventaba la pobredad de las cosas adornándolas con el aroma de lo maravilloso, cuyo origen se encontraba en las historias que, por entonces, leía con fruición.
Guardo en la memoria un pequeño juego que me mantuvo entretenido durante las noches calurosas de un largo verano. Cuando todos dormían yo salía al balcón, y en medio de la oscuridad y el silencio, acompañado sólo por los grillos, miraba la luna. Y entonces imaginaba gigantescas construcciones y acontecimientos colosales sobre su superficie. En aquellas manchas grises me parecía distinguir, con gran claridad, los signos de grandiosas batallas libradas por sus habitantes, los perfiles de ciudades gigantescas y explosiones que iluminaban continentes imaginarios en la zona umbría. Desde una distancia de cientos de miles de kilómetros, en la seguridad de mi pequeño balcón, yo era mudo testigo de aquel conflicto.
Lo más recalcable de todo aquello era que, aun sabíendo que se trataba de una invención, de una falsedad, ésta parecía, sin embargo, creíble. Los problemas de la madurez todavía no habían llegado, no habían matado aún la capacidad de mi mente para ver las cosas de otra forma y sentirla real. El niño aún no había crecido y descubierto que la fantasía sólo existe en la invención de los hombres, y que el mundo es el que es y no ofrece alternativas. La capacidad de la que hablo es inestimable, y desgraciadamente, desaparece con el tiempo. Y su pérdida no se circunscribe sólamente a la percepción de la realidad, sino que afecta también al disfrute de las propias historias que están en el origen de ese don. El contenido de los libros, las películas, los cómics, pierde su fascinación primitiva. Se aprende a valorar otras cosas, a profundizar en la urdimbre de la obra, en los secretos de su creación, pero a costa de una terrible pérdida.
Les daré un ejemplo.
Hace escasos meses murió Curtis Garland. Supongo que no fueron muchos los que se enteraron de este hecho, al fin y al cabo no se trataba de un escritor muy famoso. Sin embargo, para los seguidores de la ciencia ficción española que contamos con una edad determinada, fue una noticia muy triste. Era uno de los mejores escritores de las denominadas "novelas de a duro", pequeños volúmenes de menos de cien páginas que se vendían en los kioskos (imagínense, autores españoles de cf cuyas novelas cortas se vendían mensualmente en los puestos de prensa) y que yo leí a puñados en mi adolescencia. Contenían historias de serie B, y una vez empezadas era imposible dejarlas. Garland era mi autor preferido. Escribía una ciencia ficción con tintes bastante oscuros. ¿Han visto Lifeforce, la película ochentera sobre vampiros espaciales de Tobe Hooper? Pues ese era el tono.
En general, las tramas de sus novelas estaban muy influenciadas por el cine de los setenta, pero contaban siempre con un toque de originalidad que las hacía únicas. Recuerdo aquella en la que un grupo de astronautas viajaba por un desierto plagado de amenazas hasta darse de bruces con una ciudad norteamericana, descubriendo ante el cartel que la anunciaba que estaban en la Tierra. En dos de ellas (a veces repetía el argumento con distinto título) todos los habitantes del mundo quedaban paralizados, como maniquíes, excepto unos astronautas que corrían diversos peligros a través del paisaje devastado. Leí una en la que unos astronautas (sí, siempre lo eran) llegaban a un planeta con un largo período de rotación para descubrir que estaba habitado por una especie de vampiros. En otra se describía el enfrentamiento entre magia y tecnología en un mundo medieval del futuro.
Todas aquellas historias atrapaban mi imaginación. Una de las que mejor sabor me dejó se titulaba El único que volvió. La leí una cálida tarde de primavera sobre el césped del parque que había al lado del colegio, y por ella me salté una clase, precisamente de ciencias. En sus páginas se narraba cómo el único astronauta que volvía vivo, pero amnésico, de una misión a un nuevo planeta se convertía en un involuntario donjuán. Las mujeres lo incitaban a su paso. Todas ellas acababan dando a luz camadas de cinco niñas, todas rubias y de ojos violetas, en apenas unos días. El crecimiento de las criaturas era tan acelerado como el de los partos. El padre, horrorizado, se acababa convirtiendo en un monstruo con la apariencia de una mantis religiosa, que era el aspecto original de las habitantes del misterioso cuerpo celeste. En definitiva, la novela mostraba una invasión inusual, que a mí entonces me sorprendió bastante.
Por unos días miré a las chicas de clase desde una perspectiva distinta. A ratos mi mente volvía a la novela y me preguntaba cómo sería en realidad aquel planeta al que Garland había bautizado como Eros. Me venían imágenes del incendio del hospital de Cabo Cañaveral y la posterior batalla entre macizas rubias desnudas y jóvenes militares. No era sólo el asunto sexual, también me impresionaba el misterio de la misión espacial y el escenario apocalíptico. Aquella novelilla dejó su marca.
Más de treinta años después aún la recordaba, y reconozco que volver a leerla me ha supuesto un agradable rapto de nostalgia. Como saben, la mudanza de piso produce siempre una afloración de objetos olvidados. Mis novelillas de La conquista del espacio, que así se llamaba la colección, han vuelto a salir a la superficie. He podido confirmar que casi todas las que conservo fueron escritas por Curtis Garland. Las noventa páginas con que cuenta El único que volvió me han durado sentada y media. Es una cosilla divertida, una lectura frugal. Me he fijado en cosas que entonces me pasaron desapercibidas, como el cambio de personajes a mitad de novela, la pericia en el manejo del ritmo, todo narración al principio y diálogos al final, y me ha sorprendido la osadía de un pasaje en el que las niñas (trasuntadas de Los cucos de Midwich de John Wyndham, conocimiento que entonces no tenía), con apenas cinco años, "incitan" con su mirada al protagonista, circunstancia que naturalmente le produce escalofríos.
De la fascinación de entonces no queda nada, sólo un cierto cariño nostálgico. El misterioso planeta sólo es mencionado en un par de frases, el enfrentamiento del hospital dura apenas un capítulo y el tema sexual, obviamente, no me parece a estas alturas de mi vida nada escandaloso. Es un hecho, lo he perdido. Ya no puedo apreciarlo de aquella manera, no lo veo. Aquella capacidad para imaginar y sorprenderse no ha desaparecido sólo de mi vida, también lo ha hecho de mis lecturas. A ustedes les habrá ocurrido lo mismo. Pienso que este es el motivo por el que nos volvemos tan reticentes a releer nuestros mitos, no ya las modestas novelillas de juventud, sino incluso los viejos clásicos. No es por la obra literaria, es porque tememos matar un recuerdo.


Anoche, por fin, este largo, larguísimo invierno madrileño aflojó un poco la cuerda y me dejó abrir la ventana. Me apoyé en el alféizar y miré al cielo. Busqué la luna, di con ella enseguida e intenté encontrar en su superficie algún signo de aquellas guerras selenitas de la infancia. No pude. He perdido vista en el ojo derecho. Sin las gafas no lograba enfocar bien el astro, lo veía doble. Los hombros, en los que sufro calcificaciones desde hace años, me avisaron del dolor inminente si seguía allí apoyado. A mi espalda, las voces procedentes del televisor  anunciaban nuevos recortes que podían afectar a mi trabajo.
Yo, que era capaz de aguantar horas mirando al espacio no duré en la ventana ni cinco minutos. Me di la vuelta, la cerré y me senté civilizadamente en el sofá, como sólamente lo hace un adulto. Y pensé que envejecer es una putada, y que la primera gran tragedia en la vida de un ser humano es la cancelación de su infancia, la muerte interior de aquel niño que tenía el poder de soslayar la realidad de la forma más simple, haciendo uso de una mirada distinta.


lunes, 20 de mayo de 2013

Pellizcos

La palabra, más que suplantar la realidad, la recrea. El realismo, la copia, desfigura la literatura. La literatura es una interpretación.

-José Manuel Caballero Bonald-

lunes, 13 de mayo de 2013

Siete años

Osho dividía la vida en ciclos de siete años. Si le hacemos caso, decisión siempre arriesgada cuando los argumentos proceden de un iluminado, hoy es el día en el que este blog se hace mayor y abandona la edad de la inocencia. Confieso mi sorpresa ante la longevidad de Literatura en los talones. Sé perfectamente por qué lo cree, y si el éxito se define como el cumplimiento de las expectativas, les aseguro que este pequeño rincón ha sido mi mayor triunfo. Aunque no les parezca gran cosa, me ha dado mucho más de lo que yo esperaba. 
No pretendía conseguir nada externo con él, ni darme a conocer ni que lo leyera mucha gente. Sé que mis amigos lo hacen, y con eso me doy por satisfecho. Ya me lo han leído otras veces, inicié esta bitácora como ejercicio de crecimiento, y espero que el viaje sea todavía largo. Normalmente soy pesimista, porque me conozco, y sé que mis proyectos no suelen llegar muy lejos, pero en este caso el blog tira de mí tanto como yo de él; puede decirse que nos apoyamos el uno al otro.
En estos siete años he volcado aquí gran parte de mis experiencias lectoras, pero también vitales. Era algo que no tenía planeado, pero el mismo devenir de la escritura así lo ha propiciado. En este blog se concentra una gran parte de mis gustos, de mi forma de entender la expresión cultural y artística, y a poco que escarben encontrarán también mi manera de entender la vida. Literatura en los talones es mi criatura, pero también yo mismo. Leer sus textos, ver sus imágenes, es conocerme. Ahora cumple siete años, y la miro, y la contemplo, y la imagino bailando y riendo sola en la Red. Y rebusco en su pasado, que es también el mío. 


video



Spinning, laughing,
dancing to her favorite song 
A little girl with nothing wrong 
Is all alone



lunes, 29 de abril de 2013

Imágenes de cf. XVIII


"En el momento en que el Comisario General dio la señal de partida, su madre estaba retorciéndose por las contracciones, amordazada, para no interrumpir el sueño del resto.
Sus vecinos la levantaron, le ataron las manos al más alto de los carros y le dieron un fustazo en las nalgas cuando comenzó la caminata. Le sacaron la venda de la boca.
Cuentan que ahí iba, medio caminando, medio colgada, emitiendo un sonido indistinguible, entre lamento y letanía.
Llovía desde hacía una semana. El agua lavó la mugre que corría por sus piernas cuando rompió bolsa. Nadie se enteró.
Iba desnuda de la cintura para abajo. Detrás suyo iba la vieja Goro, mirando al suelo. Como siempre.
Recuerda la vieja que en un momento le pareció ver un bulto entre las piernas de La Cantora. Que no prestó atención porque en la parada le había tocado Brigada de Servicios Dos, y hacía una semana que no se sentaba.
La hizo reaccionar un berrido, un ruido sordo, amargo, en el charco de barro que tenía adelante.
Se agachó y lo levantó. Su madre no reaccionó: solo caminaba.
La vieja cortó el cordón sin dejar de caminar. Le hizo un nudo a cada parte.
Lo metió en su morral. Sabía que habría una breve parada cuando se perdiera de vista el Lugar para que los Secretarios discutieran el resultado del trueque.



Cuenta la vieja que se prendió a la teta de su madre con las manos, como un mono. Que así, por la vieja y por sus manos, se salvó.
Su madre lo miró, balbuceó algo, y no habló más, ni cantó, ni le dirigió otra mirada. Nunca más."

jueves, 25 de abril de 2013

Joe Haldeman. Paz interminable

La editorial Edhasa publicó el mes pasado La libertad interminable, continuación de La guerra interminable, un extraordinario libro de ciencia ficción escrito por Joe Haldeman. Como estos últimos meses ando algo desconectado, la sorpresa al encontrármelo ha sido mayúscula. La novela fue publicada en EE.UU. en 1999, y recuerdo haber compartido entonces en algún foro, con cierto aspaviento, mi deseo por leerla. Más de una década después, cuando ya la tenía olvidada, aparece al fin en las librerías. En otra época, mi instinto me habría empujado a agarrar el libro y sacar la cartera del bolsillo, pero ya no. Ni siquiera lo he comprado, hace años que aprendí a contenerme.
Ya no soy presa de aquellos arrebatos de antaño; me he vuelto más frío, y el libro no tiene ahora lo mismo que ofrecerme. Por un lado, se trata de una continuación innecesaria, cuyo poder de atracción parte del cariño que se tenga a unos personajes y un universo determinado. La guerra interminable es una novela redonda, autoconclusiva, y cuenta con un final extraordinario que está a la altura del conjunto. La libertad interminable contiene aventuras nuevas de los protagonistas, pero no completa nada. Para recuperar ese cariño por ellos lo más indicado sería leer de nuevo el primer libro (cayó hace casi tres décadas), cosa que estaría bien dada su gran calidad, pero en realidad no hace falta.
Lo cierto es que ya he leído esta continuación, pues fue publicada hace un par de años por Norma Editorial. Me refiero a la adaptación al cómic realizada por el dibujante belga Marvano, fiel al texto original y recogida en un ómnibus que incluía las dos novelas, la segunda bajo el título Libre para siempre. Si se tercia, hablaré más profusamente de esa novela gráfica otro día, pero lo que quería decirles es que gracias a su lectura ya conozco la trama. Así pues, ahí se queda el libro, en la librería, como muchos otros a lo largo de estos últimos años. Quizás algún día acabe, de un modo u otro, en mi biblioteca.
Hay una tercera novela escrita por Haldeman de título similar, Paz interminable, pero no tiene nada que ver con las otras. El parecido es una engañifa comercial. Ganó los premios Nebula, Hugo y John W. Campbell Memorial, lo cual, como saben, no es garantía de nada. De hecho, esta es otra de esas obras que demuestran lo poco válidos que son algunos de estos premios como baremo de calidad de un libro.




Esta novela nace con un serio handicap de salida: la comparación con una obra maestra del género. Semejante inconveniente no se debe, como sí sucede otras veces, a un error de criterio del lector, sino que es responsabilidad directa tanto del autor como del editor. Del primero, si es que fue él el responsable, por titular esta nueva novela de forma clónica, justo con el antónimo de su mayor éxito. Del segundo, por prometer, tanto en la contraportada como en la introducción, que se trata de una versión actualizada del clásico escrito por el autor hace veinte años, que como ya habrán adivinado, no es otro que La guerra interminable. El handicap es, sin embargo, anecdótico, pues se tarda poco en apreciar que el parecido empieza y acaba justamente en el título, lo cual facilita al lector cambiar el chip. Ambas novelas difieren, no sólo en lo referente al argumento, sino también, desgraciadamente, en cuanto a su calidad.
Consideremos tres aspectos a la hora de analizar un libro, tres elementos que son fundamentales en su percepción. Uno es la idea central, el núcleo del relato sobre el que giran los demás elementos. Otro es la historia de la que nos vamos a servir para hacer llegar esa idea al lector, la trama. El último es el estilo. En cuanto al tercer apartado, que suele suponer la diferencia entre acabar un libro y no acabarlo, la realidad es que en este caso no tengo pega ninguna. Haldeman es un buen escritor. Paz interminable no es un libro pesado de leer, aunque haya veces en que las cosas no quedan muy claras, y además he de confesar que, al contrario de lo que parece ser la norma, el libro me ha gustado más al final que al principio. Creo que lo que es interminable son las doscientas primeras páginas en las que no sucede nada. A mitad de novela no recordamos que hayan pasado grandes cosas, y eso es siempre veneno para el lector, que necesita de una fuerza impulsora que le haga seguir leyendo.
Paz interminable no es, como digo, un libro pesado, pero sí aburrido. Es aburrido porque el segundo elemento del que hablábamos falla. La historia a través de la cual nos llega la información, aparte de estar innecesariamente alargada, carece de interés, no engancha. Los personajes no llenan en absoluto, tienen repentinos ataques de incongruencia consigo mismos y su importancia global acaba por minar la suspensión de incredulidad. Haldeman ha querido contar el cambio total de la Humanidad a manos de un reducidísimo círculo de amigotes, quizá porque no ha sabido hacerlo de otro modo, y eso enciende la alarma de las casualidades forzadas. Todos "saben" de repente qué cosas hacer y cómo hacerlas, y no se paran ni un instante para recapacitar sobre lo que suponen sus acciones. El grupo y sus habilidades está elegido demasiado a propósito de lo que luego necesitará hacer.
En cuanto a la fabulosa extrapolación socioeconómica de la que se habla en la cubierta, aparece en dosis tan pequeñas y tan pobremente desarrolladas que no es en absoluto significativa. El mundo que se describe no es ninguna novedad, es como la realidad llevada unos años adelante en el tiempo (todos sabemos que el primer mundo cada vez será más rico y el tercero más pobre). La fascinante "máquina para todo" de la que habla sin parar el editor en la introducción, es decir, la nanofragua, podría haber dado para un inteligente relato especulativo, pero se queda, por falta de ánimo del autor, en una simple "lámpara maravillosa" de la que nuestro protagonista saca un bonito collar para su novia, y de la que no se da ningún tipo de información técnica.
Todo lo explicado anteriormente es una auténtica lástima, porque el primer elemento del que hablaba, el que solía ser fundamental en la cf de antes, es decir, la idea, me parece verdaderamente interesante. Es el verdadero centro de una novela que mejor tratada quizás hubiera sido importante. La pregunta que se nos plantea es extraordinaria y muy válida. ¿Sería beneficioso arrancar de raíz la peor cualidad humana si eso supusiera dejar de ser humanos? Haldeman trata de comprometer al lector en la causa, haciéndole partícipe de una cruzada cuyos objetivos están muy claros moralmente, pero cuyos medios son criticables. La narración busca las simpatías hacia un bando de moralidad dudosa, que actúa bajo la misma autoridad que el peligroso razonamiento del dictador que realiza sus actos de fascismo "por el bien del pueblo", pero sin consultarle.
Como decía al principio, es una idea fascinante, y sin duda es lo que ha empujado a Haldeman hacia el Hugo, aunque para mi sin merecerlo. Paz interminable es, en resumidas cuentas, un libro aburrido que trata de manejar un tema de enorme relevancia sin lograrlo.


El texto original de esta reseña fue publicado en el Sitio de ciencia ficción.

martes, 23 de abril de 2013

M83 Trilogy

Hora de seguir tocando palos, en esta ocasión con una trilogía de videoclips pertenecientes al grupo M83. El dúo francés ha compuesto la banda sonora de Oblivión, una película de ciencia ficción estrenada hace un par de semanas que desde aquí recomiendo a todo buen aficionado al género. Si se acercan al cine van a disfrutar con un buen argumento, con una Tierra desolada que fascina en su apariencia ballardiana y con la presencia de un Tom Cruise en plena madurez interpretativa. Es un filme sumamente entretenido e interesante cuya conclusión defraudará a no pocos, no por una inexistente falta de calidad, sino por las muchas similitudes que presenta con el final de otra película, una de las más vapuleadas dentro de la filmografía de Roland Emmerich.
La banda sonora compuesta por M83 complementa muy bien las imágenes, dotándolas de un halo a ratos futurista, a ratos épico, una agradable mezcla cuyas notas recuerdan por momentos (a veces demasiado) al Hans Zimmer de Origen en las partes rítmicas y al de El último samurai en las melódicas. Aunque es la primera vez que el grupo compone un score completo, algunos de sus temas ya habían figurado en los de otras películas. M83 es en realidad una banda que lleva más de diez años especializada en música electrónica. En 2012 dieron la campanada con una serie de tres vídeos que conformaban una magnífica historia de, por supuesto, ciencia ficción.
Tres temas musicales, incluidos en el álbum Hurry Up, We're Dreaming, fueron el soporte musical de un argumento que incluye varias de las temáticas de la cf y que va adquiriendo capítulo a capítulo una carga de simbolismo que eclosiona finalmente en un festival de referencias dirigidas al conocedor del género; Akira, El pueblo de los malditos, 2001 una odisea del espacio, La princesa Mononoke, Perdidos y un sinfín de guiños que se nutren del acervo acumulado por el espectador afín al género fantástico. Ese continuo apuntalamiento de imágenes reconocibles es a la vez fin (por el potente efecto que produce su unión con la música) y medio, pues va configurando una trama narrada à la Lindelof, una estrategia que funciona particularmente bien en el terreno del videoclip y en la que el juego de rellenar huecos ofrece grandes satisfacciones.
Anthony Gonzales, uno de los miembros del grupo, es el responsable inicial del proyecto, pero los directores de esta videopelícula en tres actos son el dúo Fleur & Manu, que demuestran, como otros hicieran antes, lo bien que se complementan las imágenes de cf y la música. Las canciones son excelentes, cada una en un registro diferente, desde el muy rítmico Midnight City al más pausado Wait, y se amoldan perfectamente a las imágenes, las cuales incluyen unos efectos visuales que podrían competir con los de cualquier superproducción hollywoodiense.
Disfruto una y otra vez de la historia que componen estos tres vídeos y me vienen a la memoria productos similares. Son innegables las deudas que mantiene esta trilogía con la película de dibujos animados Interstella 5555, suma de los videoclips del álbum Discovery creado por el también dúo francés Daft Punk, el espejo al que parecen mirarse M83. Pero hay otros ejemplos en territorios cercanos, como Heavy Metal, aquella inolvidable película en la que a golpe de guitarra eléctrica se midieron los mejores dibujantes de la época, o la maravillosa versión musical de La guerra de los mundos imaginada por Jeff Wayne, de la que por cierto tuvimos nueva versión el año pasado.
Viendo el fascinante resultado de todas estas producciones me pregunto por qué no se hacen más cosas de este tipo.


M83 Midnight City
M83 Reunion
M83 Wait

miércoles, 10 de abril de 2013

Charles Stross. Accelerando

El cambio de piso constituye una buena oportunidad para soltar lastre, lo cual no es posible sin revisar todas aquellas cosas que pueden ser calificadas como tal. Esa revisión, cuando se produce, acaba siendo a menudo un ejercicio de redescubrimiento. Siempre aparecen prendas, libros, discos que no recordábamos tener guardados. No les voy a dar cuenta de lo reencontrado estos días, al menos en lo material. Cuatro años no dan para perder mucho si eres, como yo, un tipo ordenado. En lo virtual, sin embargo, algunas sorpresas han sido mayúsculas, varias de ellas por triplicado. Incluso a mí, que como les digo odio el caos, se me acumula lo que Philip K. Dick, de estar vivo, denominaría kipple digital. La culpable en este caso es mi memoria, que cuenta con menos capacidad de almacenaje que un pendrive de gama baja. Mis vivencias se sobreescriben encima de las anteriores con gran rapidez.


No es coña, miren si no. Uno de los olvidos concierne a algo que guardé hace sólo cinco meses. Se trata de la serie documental titulada Profetas de la ciencia ficción. Consta de ocho episodios (todos en youtube a su disposición) en los que el director Ridley Scott presenta a algunas de las figuras más populares del género con la intención de calibrar la capacidad de acierto de sus predicciones. Grabé la serie hace cinco meses, y ahora, al ver los dos discos, no me sonaba en absoluto. Mi mala memoria. El caso es que ni siquiera recuerdo por qué decidí guardar aquellos capítulos. Supongo que porque algunos de los entrevistados son escritores del género a los que respeto, y porque seguramente, además del tema central de estos documentales habrá otro tipo de datos más interesantes. Lo cierto es que este asunto no me atrae nada. Lo de cargar las tintas en el carácter adivinador de la ciencia ficción es algo que incluso me desagrada. Porque se centra en la anécdota y deja de lado la parte artística, que es lo que realmente me interesa.
La ciencia ficción habla del presente, aunque la gran mayoría de sus narraciones transcurra en el futuro. Los posibles aciertos de la ciencia ficción tienen tanta importancia como los de la novela rosa en el mundo de las relaciones. Cuentan en el análisis de la obra, pero como un valor añadido, no como su objetivo central. Son algo divertido, charleta de frikis con cervezas en la mano, pero le hacen más mal que bien a la literatura y al cine de este género. Accelerando, por ejemplo, es, en su primera parte, una de las novelas más visionarias entre las escritas en los últimos años, pero quizás sea ese el valor menos importante del libro. En la reseña que escribí sobre él dedico una breve introducción a este tema.



De entre las muchas falacias contra las que ha de combatir el género de ciencia ficción, una de las más molestas es la que concierne a sus presupuestas dotes adivinatorias. “La cf acertó, la cf erró”, ya saben. Y digo molesta por no decir sangrante, puesto que si hay una cosa que los aficionados al género detestan es cualquier acercamiento a lo sobrenatural, a lo magufo, de tal modo que proponer parentescos con la videncia es, para la mayoría de sus seguidores, casi un insulto. El futuro es una de las esencias de la ciencia ficción, la cual presenta escenarios proyectivos no con la intención de medir su propia capacidad de acierto, sino para utilizarlos como campo especulativo, como metáfora, como simple decorado e incluso como advertencia. El futuro no es, en suma, otra cosa que su laboratorio literario.
El escritor de cf no se asoma a una bola de cristal cuando escribe, lo que intenta es, sencillamente, conseguir lo mismo que todo buen literato, hacer creíble su propuesta narrativa utilizando para ello las herramientas que tiene a su disposición. Los futuros que plantean los autores de distintas generaciones son muy diversos, pero no por los diferentes grados de anticipación, sino porque parten de presentes cambiantes. Un autor de los 50 jamás podría haber descrito los futuros digitales que imperan en la cf moderna, sencillamente porque el concepto no existía. Como artista, como ser humano, el escritor no puede evitar ser hijo de su tiempo, así que los futuros que construye parten de una mezcla de realidad actual e imaginación. El autor usa como fermento de ambos factores aquello que respira, ve y abstrae de la propia época en la que vive. Ni el objetivo inicial ni el resultado final son ejercicios proféticos; al contrario, son una consustancialización del éter que esencia el presente, convertido por el escritor en la más bella de las artes, la literatura.
Señalar como adivinatorias las ocurrencias escritas hace años en un libro debido a sus posibles coincidencias con los hechos actuales es tan espurio como afirmar que los clásicos griegos profetizaron al Hombre Moderno. En realidad, se limitaron a describir la naturaleza humana, el motor del individuo de su época, que incluía valores perennes en nuestra condición y a los que el paso del tiempo ha puesto a prueba, pero no ha cambiado. ¿Creen que aquellos viejos maestros elaboraron sus textos con una intención prospectiva o, más bien, se limitaron a cartografiar la cualidad interna del hombre que conocían? Que sigamos siendo los mismos no delata ninguna capacidad adivinatoria de los textos, sino el resultado casual de un mero proceso evolutivo. Con la ciencia ficción pasa lo mismo. Fue Ursula K. LeGuin quien dijo que la cf es en esencia metáfora. Y yo diría que es cierto, al menos en lo que corresponde a la parte de ella que no se resume en mero escapismo.
Accelerando es un libro publicado en 2005, un fix-up a la antigua conformado por tres partes de tres relatos cada una escritos entre los años 2001 y 2004. Leído en 2012, uno lo podría considerar profético por varios motivos, y sin embargo no fue esa la intención original de Charles Stross. De hecho, cuando se le ha preguntado al autor por la plausibilidad del concepto central de su libro, la singularidad tecnológica, la respuesta no ha podido ser más significativa: “Santa Claus no existe”. Lo cierto es que en el primer lustro del nuevo milenio, periodo en el que fue escrita la obra, ya se encontraban pululando en el ambiente algunos presagios de la actual realidad. Stross, motivado por la crisis de la burbuja punto com realizó una magnífica lectura de los indicios que apuntaban hacia nuestra actual época. Especular sobre los avances informáticos, muy presentes ya entonces, podía parecer lo más oportuno para un relato de cf, pero colocar en el centro de la historia al gran monstruo que inmediatamente después devoraría el mundo, esto es, el sistema económico neoliberal, fue sin duda una cuestión de talento.
El más llamativo de los aspectos en los que Accelerando se muestra cercano a nuestra actualidad es el tecnológico, aunque en realidad esa cercanía sólo se hace patente en la primera parte. Los tres primeros capítulos conforman un near future que plantea un presente informatizado e impulsado a la enésima potencia, una suerte de universo gibsoniano desbocado que, paradójicamente, no concede privilegios a Internet (el ciberespacio) y prefiere centrarse en el intercambio de información a traves de mil y un adminículos electrónicos que, en continuo crecimiento, configuran un complejo exocortex en cada individuo. La información y sus múltiples receptores son la estrella de la primera parte, con cuyo inicio se puede sentir una fuerte identificación. Por ejemplo, mientras leía los primeros capítulos del libro, una noticia en el diario El País, fechada el 15 de diciembre, vino a constituirse en el mejor elemento contextual de esos tres primeros capítulos. Decía así:
De aquí al 2020, el tráfico mensual de datos móviles podría multiplicarse por mil. Lo que para los consumidores es una revolución en el acceso a información y la forma de comunicarse, para las operadoras supone un gigantesco dolor de cabeza: cómo crear una red celular capaz de soportar tal avalancha de datos.
Para que se hagan una idea, cuando en un momento determinado de la narración Manfred Macx, el personaje más importante de la novela, se planta ante una estantería repleta de libros, un concepto ya obsoleto, el narrador la define como “pared de datos”. Ese punto de vista resume a la perfección el tono de la historia. La morfología de los datos, la cantidad de información y la capacidad de procesamiento son el campo de batalla de una novela que le debe al ciberpunk más de lo que en un principio pudiera parecer. Si en los inicios del libro está presente el espíritu de William Gibson, en las dos últimas partes la narración se emparenta con las propuestas transhumanistas del mejor Bruce Sterling, abandonando cualquier sujeción a nuestro presente y configurándose en un brillante ejemplo de ciencia ficción hard absolutamente moderna.
El caballo de batalla en ese aspecto es la Singularidad tecnológica, concepto seudocientífico que predice la llegada de una progresión exponencial subsiguiente a la creación de Inteligencias Artificiales, un Big Bang tecnológico que llevará al ser humano, aceleradamente, a trascender su propia naturaleza. Stross convierte esta idea en el telón de fondo sobre el que desarrollar la aventura de sus protagonistas, los Macx, a lo largo de tres generaciones. Como hiciera Clifford D. Simak con los Webster en el clásico Ciudad, Stross recurre a la historia personal de los miembros de la familia para elaborar una crónica de la evolución humana, en este caso un salto al infinito que dura apenas un siglo. Manfred, Amber, Sirhan y una plétora de personajes secundarios, con el gato Aineko a la cabeza, juegan su papel en la imparable evolución de los hechos, aunque es más notable el efecto que el contexto de la singularidad ejerce sobre ellos. Cada uno de los nueve capítulos cuenta su propia historia personal, constituyéndose a su vez en sumandos que van uniendo detalles a la evolución transhumana (y finalmente posthumana) que se desarrolla al fondo del escenario. Paralela a la aventura, la intercalada presencia de bloques informativos pone en conocimiento del lector los avances que van teniendo lugar, capítulo a capítulo, en un Sistema Solar en continua remodelación.
La conclusión que Stross aporta a la teoría singularitaria defendida por Vernor Vinge y Ray Kurzweil es bastante original y ofrece, por sus numerosas implicaciones, una buena oportunidad para el debate entre los aficionados al subgénero hard. En Accelerando, la conversión de toda la materia útil en computronio en diferentes órbitas alrededor del Sol da paso a la realización del fin último de la singularidad, la creación de un cerebro Matrioska enrocado alrededor de la estrella madre. La latencia y los problema de ancho de banda derivados de la distancia obligan a esa resultante a permanecer anclada en el centro de su sistema. Stross propone ese punto y la posterior inevitable degradación como culmen, no sólo de la progresión posthumana, sino de toda civilización que haya accedido a la singularidad. Semejante conclusión barre, por un lado, con la Paradoja de Fermi, ofreciendo una solución al misterio de por qué no atisbamos en la actualidad rastros de vida de civilizaciones más avanzadas en el cosmos: la singularidad es un callejón sin salida que mantiene a una civilización anclada a su estrella de origen, ocultándola, además, a la vista. Tal conclusión muestra un notable paralelismo con la realidad de nuestros últimos 30 años, en los que hemos dado la espalda al espacio a favor de la promesa virtual.
Por otra parte, y haciéndose eco de las teorías trasnhumanistas, Accelerando niega la necesidad de un Punto Omega tal como lo concibe Frank Tipler, ya que la progresión tecnológica exponencial y el aumento de la capacidad de procesamiento harían posibles, como se muestra en la novela, la digitalización y posterior recreación de seres humanos sin necesidad de esperar al fin de los tiempos. En ese aspecto, Stross se sirve del concepto sin llegar a profundizar en él. No hurga en la herida metafísica que la transferencia de la conciencia entre medios, del físico al virtual, sirve en bandeja. Al menos no a la manera concienzuda de Greg Egan. Lo que hace Stross es dar por sentada la cuestión, utilizando ese proceso como elemento de configuración de su universo narrativo, desechando cualquier duda por medio de los hechos y por boca de sus personajes. En un momento de la novela se llega a afirmar que el alma es software, y Pierre, el amante de Amber, dice sobre Pamela: “Nunca admitirá que su identidad es una variable, no una constante”. Las diferencias intrínsecas entre una resurrección (revolcado a un cuerpo físico de una identidad digital) y una resimulación (lo mismo pero con personajes del pasado o incluso ficticios, como en Los muertos de Jorge Carrión) son despachadas sin más como un asunto de competencia jurídica, no sin cierta sorna.
El sentido del humor, de hecho, es muy importante para sacarle todo el jugo a la lectura de esta novela. Si empecé este texto aludiendo a su carácter actual, a que parece más una obra escrita ahora mismo que hace ya diez años, fue debido sobre todo al otro gran activo de la historia. Insospechadamente, Accelerando es, grosso modo, una sátira económica. Si un escritor de cf con talento se pusiera a escribir ahora mismo una alegoría irónica sobre cómo está gestionado el mundo actual, no duden de que estaría escribiendo Accelerando. Manfred Macx se presenta de inicio como defensor de una economía agálmica, basada en los recursos. Su objetivo es el enriquecimiento ajeno global, una manera de torpedear el sistema mediante el altruismo y la evasión legal de impuestos. Los tres capítulos iniciales muestran un campo de batalla económico en el que el capitalismo es puesto en jaque por medio de mil y una estrategias. Si el lector es consciente de la vertiginosa transformación del planeta es gracias a los mutables procesos económicos que pasan ante sus ojos. Todos los movimientos, toda la acción existente en esta primera parte tienen un trasfondo económico. Si hay un grito de agonía en el proceso de aceleración no procede de individuo alguno, sino del propio neoliberalismo mientras sufre mil y un procesos de deformación, mientras es pervertido hasta sus límites.
Stross construye muy bien el contexto tecnológico, los detalles de la globalidad, sociales, culturales y políticos, pero muestra aún más interés por los procesos económicos. En la primera parte, la cantidad de subtramas es apabullante. A través de ellas logra capturar el zeitgeist de las distintas fases de ascenso que va provocando la singularidad, pero son las mutaciones continuas del sistema socioeconómico, destilado del capitalismo neoliberal, las que marcan los designios de los personajes. Empresas, capacidad de negociación, recursos, agentes, derivados financieros…; quizás el progreso de esta singularidad se apoye en la tecnología, pero su avance está marcado principalmente por los procesos económicos. Todas las disputas, individuales o globales, responden a un afán económico. La economía no sólo rige el mundo, sino también la evolución de la especie. Y según Stross, no sólo de la nuestra. La segunda parte de la novela es un recital de originalidad que acentúa la capacidad irónica del relato.
Mucho se ha escrito en la ciencia ficción sobre primeros contactos, mucho se ha elucubrado acerca de qué nos encontraremos al otro lado, si exóticos BEMs, misteriosos océanos de arquitecturas incomprensibles u otra cosa inimaginable. Accelerando ofrece su propia versión, que es, a nadie sorprenderá a estas alturas, bastante sarcástica: IAs travestidas de procesos económicos, colectivos de antiguos programas empresariales autoconscientes, elementos financieros convertidos por obra y arte de la singularidad en seres inteligentes. Carroñeros finiseculares del siglo singularitario que rebuscan en las ruinas de routers intergalácticos. Eso es lo que la primera avanzadilla humana se encuentra cuando sale de su sistema. El primer contacto à la Stross es una transacción económica en la que, como si fuéramos indios ignorantes, se nos intenta engañar con abalorios y agua de fuego. En las relaciones intergalácticas lo que cuenta no es la afabilidad, sino la destreza en el viejo arte de la negociación. Que lo que nos espera al otro lado no sean mas que herramientas económicas autoconscientes lo hace aún más duro para los personajes, aunque mucho más divertido para el lector.
Hay más muestras de humor a lo largo de la narración. Por ejemplo, la continua actitud displicente de Aineko, el irritante gato artificial que acompaña a los tres miembros de la familia, o las menciones a Spider Jerusalem y al propio Vinge, pero yo diría que su verdadera función es la de hacer llegar al lector una ingeniosa crítica sobre la importancia actual de los factores que rigen la Gran Economía, auténtico dios del planeta en este comienzo de siglo XXI, y los efectos que el calado neoliberal puede tener como fuerza deshumanizadora. Stross, en su sátira, coloca la búsqueda de beneficios como motor de la evolución y elemento definitorio y último de toda civilización. Cuando toda especie consciente haya desaparecido, los fantasmas del sistema económico seguirán peleándose entre ellos por las migajas que aún queden entre las ruinas.
Además de los valores conceptuales de la novela, los cuales deberían volver locos a los fanáticos de la “literatura de ideas”, es obligado hablar del estilo formal, del método elegido por Stross para hacer llegar al lector este ejercicio de mordacidad tan sumamente hard. Accelerando está escrita con ese afán de complicación tan caro a la ciencia ficción de la pasada década. Sacrifica la belleza del lenguaje por su funcionalidad, por la capacidad para mostrar un futuro complicado, a la par cool y extraño, y por la voluntad de insuflar al modo narrativo el mismo tempo que existe en el argumento. Se puede decir que el éxito logrado en cuanto a la realización de ese paralelismo es mayúsculo. La novela se lee al ritmo de un chasqueo rápido de dedos, el lector va recorriendo sus páginas como quien, desde el asiento en un tren bala, ve pasar el paisaje tras el cristal a toda velocidad. Para disfrutar de ese efecto, se ha de entrar en el juego y dar por sentados una serie de conceptos, pues se hace algo complicado en un principio entender del todo la propuesta.
Por hacer un símil un poco rebuscado, el estilo de Stross viene a ser el del guionista Grant Morrison en el arte del cómic. Da muchas cosas por sentadas, repartiendo aquí y allá frases frescas e ingeniosas pero de una marcada complejidad, y lo hace sin ofrecer asideros narrativos previos al lector. Es un estilo a veces elíptico que busca una complicidad inteligente y que en ocasiones dificulta el pleno entendimiento. En los primeros capítulos, hasta que uno le coge el juego, es necesario releer algunas frases. Hay pasajes del libro que no cuentan con una gran claridad, como por ejemplo aquel en el que se narra el ataque de las langostas en el capítulo titulado “Router”. Por otra parte, el carácter hard del libro tampoco ayuda. Quien quiera seguir adelante habrá de dar por sentada cierta terminología, comopor ejemplo los vectores de estado, las realidades anidadas, los sistemas basados en conocimiento y algunos neologismos más complejos, además de un sistema de marcación temporal en segundos que invita a realizar cálculos mentales.
No es este un libro para profanos, sino para auténticos expertos del subgénero. Se trata, por ello, de una de esas obras sobre las que se puede colocar el cartel de “no exportable”, no apta para quien carezca de ciertas claves conocidas por los aficionados. El seguidor de la ciencia ficción más nuclear, sin embargo, se va a encontrar de lleno con una de las obras más reseñables de estos últimos años, generosa en conceptos e imaginación, inteligentemente crítica y cuyo carácter actual está fuera de toda duda. Su único defecto se encuentra en la muy insatisfactoria conclusión. El último cuento/capítulo, titulado “Superviviente”, es francamente decepcionante, un cuerpo extraño, forzado y sin contenido si lo comparamos con la gran calidad que exhiben los ocho anteriores. Sin ser crucial, pues lo importante ya estaba dicho, es un cierre que da una cierta sensación de rara artificiosidad, de impostura.
Atendiendo a la enorme calidad con la que cuentan los ocho relatos restantes, este libro supone una nueva bofetada en plena cara para aquellos que, apocalípticamente y de manera alevosa, anuncian la muerte de la ciencia ficción desde hace lustros. Ya no es sólo que baste alzar la cabeza más allá de los límites del género para cerciorarse de que la ciencia ficción ha triunfado y está más viva que nunca (echen un vistazo a las baldas de literatura general en las librerías, no hace falta profundizar más), es que si se hace un análisis intramuros se puede comprobar, siendo mínimamente imparcial, que esta última década ha arrojado obras extraordinarias (Luz, La estación de la Calle Perdido, Accelerando, La chica mecánica, Mundo espejo, El último día de la guerra y alguna más), en mayor número que las que se dieron en el penoso período de los 90, y que muchos de los nuevos grandes nombres de la actualidad, autores como Mieville, McAuley o Stross, siguen cumpliendo con la tradición de incluir elementos de crítica social en sus obras con un criterio excelente. Accelerando es otro golpe en la mesa, una demostración más de que la ciencia ficción goza de una salud excelente.


El texto original de esta reseña fue publicado en el portal Prospectiva.

martes, 2 de abril de 2013

Cuatro años después

Decía Mario Benedetti que cinco minutos bastan para soñar una vida. Cuatro años dan, incluso, para vivirla. En 2009 llegaba al piso que ahora dejo. Ha pasado tiempo desde entonces. Cuatro años, y puedo decir que he sido razonablemente feliz bajo este techo, que ha sido éste un buen lugar de descanso. No han sucedido grandes cosas en su interior, pero me marcho de él más viejo, quiero creer que más sabio y reconozco que algo más cansado. Soy un hombre tranquilo, y mi hogar es reflejo de ello. Nunca pensé en él como un refugio de soledades, pero, por decisión propia, eso es lo que ha sido. Me sobran dedos en las manos para contar las personas que han llegado a pisarlo.


Mirando atrás, hago un repaso a las cosas que he vivido más allá de estas paredes. Por resumir y para no cansarles, me vienen a la cabeza ahora mismo los siempre maravillosos viajes al norte, algún que otro evento cultural, un par de aventuras de poco riesgo, numerosas "reuniones gastronómicas" e incluso mi presencia en el germen de una pequeña revolución condenada al fracaso. Hay unanimidad en considerar este tipo de actividades como el corpus de nuestras vidas, hasta el punto de que es de estas cosas de lo que hablamos cuando nos referimos a vivir. Yo prefiero darle el mismo valor a la placidez de interior, a las horas y horas de paz hogareña, por mucho que la calle sea mil veces más llamativa, al fin y al cabo pasamos más tiempo dentro que fuera. Supongo que por eso me gusta la lectura. Lo cual me lleva, claro, a los libros.
Como expresó mi amigo Jorge Camacho con gran brillantez en su poema titulado Al margen de pensamientos sobre la demolición de casas, las mudanzas despiertan una sensación de temporalidad extraordinaria, nos hacen volver la mirada al pasado y recorrer con la memoria los hechos vividos en los últimos años. Hay elementos que ayudan a recuperar el recuerdo, fotografías y objetos que se han ido adquiriendo en ese tiempo. En mi caso se ha sumado algo más, el blog y su función como diario de lecturas y vivencias. En él he encontrado, además, una referencia directa a esta situación. Los lectores más fieles recordarán, si disponen de buena memoria, una entrada que escribí entonces y que pueden recuperar en este enlace. En ella declaraba mi rendición al libro electrónico, que es, precisamente, otro tema que quería someter hoy a revisión.
Cuatro años después, ni el e-book se ha comido al libro de papel ni veo que vaya a hacerlo siquiera a medio plazo. Esa es mi percepción, reconozco que no muy basada en datos, sino en lo que veo alrededor, en el lector medio y las tiendas físicas. En apariencia, todo sigue igual que antes. En el terreno de lo personal, a pesar de mi declaración de entonces, tengo que confesar que aún no he leído un libro electrónico, y que ni siquiera he llegado a comprar el aparato con el que poder hacerlo. O sea, que me he ciscado en lo que tan ufánamente aseguré. El motivo reside menos en el pobre progreso del mercado del ebook que en un autoconvencimiento, el peso de una convicción que ha ido encontrando acomodo en mi interior en los últimos años. Si quieren el resumen, Enrique Vila-Matas lo expuso con su excelencia habitual en un breve artículo titulado Melville y su chimenea.
Creo que esto es una pequeña guerra, y que el enemigo no ha resultado ser tan poderoso como lo pintaban. Me he dado cuenta de que mi gusto no lo es sólo por la lectura, sino también por el contexto, por el mundo del libro de papel. El objeto, su atractiva cubierta, poder deslizar las hojas con mi dedo mientras acerco la nariz para recibir el peculiar olor de la tinta y el papel, las horas y horas en las librerías, mi recorrido periódico por las estanterías de mi casa, la fascinación por las librerías de viejo (¿recuerdan lo que conté en La búsqueda?)... En fin, puedo vivir sin ebooks, como hasta ahora, pero me costaría mucho hacerlo sin todo lo que me han dado los libros. ¿Por qué renunciar a algo que me ha regalado tantas satisfacciones? Por otra parte, cambiarme sería reconocer un mal gasto, dar por sentado que todo lo invertido en ese setenta por ciento de mi biblioteca que aún no he leído es dinero perdido.
No, me niego, aguantaré cual partisano, aunque me tilden de reaccionario por algo que, al fin y al cabo, es en esencia una simple elección de método de consumo. Resistiré en mi defensa del libro de papel. Al menos hasta la próxima mudanza.